
Retumbaban los tambores, rítmica e hipnóticamente. La luz de las antorchas acompañaba a la luna en la ténue iluminación del claro. Todos los presentes en el trance, sintiendo la vibración de cada tañido en su interior. Las miradas perdidas, en el horizonte, excepto las de cinco personas.
Cuatro mujeres entonaban cánticos de locura, alrededor de un trozo inusualmente grande de pizarra, sus ojos dilatados, excitados, emocionados ante el próximo sacrificio. Sus cuerpos ungidos con los aceites sagrados, brillantes, suntuosos, desnudos y expuestos bailando alrededor de la roca mientras sus bocas seguian exhalando suspiros entre palabra y palabra.
En el centro una muchacha tumbada, turbadoramente hermosa y relajada dentro de la locura, su cuerpo desnudo, atado a la piedra, expuesto, brillante. Sus ojos entreabiertos intentando entender la situación, procesar cada nota que escucha, cada movimiento que puede descubrir, su espalda y sus nalgas sintiendo el frío y la tosquedad de la piedra contra el calor de su cuerpo, como el contraste del negro de la losa y el blanco de su piel. Continuar leyendo